| Un arte entre oriente y occidente
El Taller de Arte espiritual del Centro Aletti bebe en la memoria de la tradición iconográfica de las Iglesias de oriente y de occidente.
¿Por qué también del oriente?
Ante todo porque se trata de tradiciones apostólicas y, para poder vivir a Cristo cada vez más íntegramente, hay que tener en cuenta las tradiciones apostólicas orientales. No considerarlas nos llevaría a tener uan visión manca y mutilada.
En segundo lugar, porque el oriente cristiano tiene una interpretación figurativa y colorista del misterio que se celebra en la iglesia, — es decir, el misterio divino-humano, el señorío de Dios y la salvación del hombre—, que está ciertamente más articulada y eclesializada de lo que, quizá, lo está la occidental, sobre todo la del segundo milenio.
Este lenguaje figurativo y colorista de oriente ha sido purificado de tal modo dentro del proceso de la liturgia y de la oración, que todo lo que de alguna manera no podía ser integrado con la oración y con el misterio que se celebraba se iba poco a poco dejando fuera. Hay misterios de nuestra fe, —como por ejemplo Cristo en la gloria, su pasión, su nacimiento—, que han sido «probados» de tal manera dentro de la Iglesia que la interpretación figurativa colorista incluye tanto el dogma como la experiencia eclesial y la devoción personal. Considerar hoy estas elaboraciones fruto de muchos siglos significa asirse a la tradición figurativa colorista más robusta y sana de la Iglesia.
Por otro lado, nosotros somos occidentales y vivimos en el tercer milenio.
Mientras que en el oriente el primer milenio estuvo marcado fuertemente por la inculturación —precisamente en ese período se elaboraron estos lenguajes artísticos—, la Iglesia latina fue más lenta en la inculturación y, a decir verdad, en este período la Iglesia latina sufrió prácticamente al oriente.
Pero en el segundo milenio la Iglesia latina dio pasos rapidísimos en la inculturación, en el diálogo con las nuevas culturas, con los nuevos tiempos, con los nuevos continentes. El arte litúrgico latino se caracterizó entonces por una nueva inculturación, por un nuevo modo de considerar la relación divino-humano, por una nueva reconsideración de las culturas cercanas a nosotros, o contemporáneas.
Para entender los mosaicos del Taller de Arte Espiritual del Centro Aletti espiritual se debe subrayas que su intento es tratar de restaurar el arte litúrgico con los criterios antiguos, a saber: mirar con los ojos de un iconógrafo antiguo y trabajar con los lenguajes contemporáneos. Por eso es necesaria una profunda unión con la memoria de la Iglesia y un gran sentido de la contemporaneidad.
En el mosaico del Centro Aletti se encuentra un lenguaje totalmente actual. El arte de los últimos 15 años se ha movido o o creando en su interior lo virtual o yendo a descubrir, al menos en ciertas corrientes contemporáneas, la materia, lo físico. Aquí se sitúa activamente el Taller del Centro Aletti. Todo el lenguaje matérico -por ejemplo, el problema de la material y del color como lenguaje autónomo, una nueva concepción del espacio y lo bidimensional- es un elemento artísticamente presente en el lenguaje artístico de nuestro Taller. Sin embargo, este elemento no se yuxtapone al del oriente, son que de alguna busca su fusión, llegando a un lenguaje orgánico nuevo. El intento es mirar la materia no como opacidad del espíritu, sino como revelación y comunicación del espíritu. Entonces se convierte en algo de nuestro tiempo, que expresa nuestro gusto con las piedras, el movimiento, el flujo, la luminosidad. No hay nada triste, ni sordo, ni opresor, ni deprimente: es una explosión de luz.
Al mismo tiempo, también se busca la objetividad de la liturgia que se enlaza con el relato bíblico, con a tradición de los Padres y de los santos. Por lo tanto, no hay nada inventado, sino que todo se saca más bien de la Tradición. De hecho, el período que alimenta nuestra inspiración es el primer bizantino, el pre-románico y románico.
La expresión artística del Taller se hace entonces «intrigante», precisamente porque están estos dos componentes: por un lado una gran sensación de vida dentro de la inmediatez latina, de proximidad, de algo contemporáneo, de algo nuestro; y por el otro lado, algo misterioso, fuerte, de un mensaje teológico presente que suscita interés porque tiene dentro todo el depósito profundo de la memoria de la Tradición.
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