| Un arte de la comunión
Sólo a partir de la Iglesia se puede crear algo para la iglesia. Se sabe que para los cristianos, la iglesia como edificio, encuentra su significado fundamental en la Iglesia como comunidad de los bautizados, es decir, como el cuerpo de Cristo. La iglesia que se construye es una expresión auténtica de la conciencia eclesial de los creyentes.
El mosaico en sí mismo es una obra coral y no individual. Hay un director del «coro», un gran artista principal que tiene una visión de toda la obra. Pero este trabajo se lleva a cabo en estrecha colaboración con los artistas del coro. De hecho, no existe un proyecto de la obra diseñado en la mesa de trabajo, sino que la visión misma, el proyecto mismo tiene en cuenta el coro. En el coro cada artista tiene su propio lugar, donde expresa lo mejor de sí mismo, donde se puede crear con mayor fuerza de modo que la vida fluya a través de él, y más aún, a través de todo el coro en la obra que se está construyendo. Ser director del coro significa, sobre todo, tejer juntos las relaciones creativas, teniendo en cuenta a cada uno. Se realiza así realmente un principio espiritual y eclesial, es decir, el de partir de las personas concretas considerando su vocación, en busca de algo hermoso que pueden crear juntos. Se trata, pues, de un método muy diferente al que el mundo moderno está acostumbrado: hacer un proyecto y luego buscar a las personas y las maneras de realizarlo lo más fielmente posible. El principio eclesial, comunional, requiere tanto diversos cimientos como diferentes realización. Por eso, también el resultado es diferente.
Por tanto, la ascesis del artista no es sólo la profesional, técnica, sino sobre todo la eclesial, es decir, vivir positivamente la comunión real. Para esta se pide, sin duda, el sacrificio propio. Precisamente la Pascua es la garantía de la vida. Tarde o temprano quien quiere vivir verdaderamente comprende la vida que pasa por el misterio pascual. Y allí está el fundamento de la comunión.
El coro de los artistas está compuesto de diferentes nacionalidades e Iglesias diversas. Por eso, la comunión es tanto más real cuanto menos dada por descontado. Cada trabajo se puede iniciar sólo con la oración al Padre por el don del Espíritu Santo, que es el único que puede derramar en nuestros corazones ese amor en el que podemos amarnos y crear. En el rito bizantino, antes de confesar el credo, el diácono se dirige al pueblo, diciendo: «Amémonos unos a otros para que podamos decir “creo en Dios Padre”». El Espíritu Santo es el Señor que da la vida. Por eso, es imposible entrar en la creación artística sin la súplica para la venida del Espíritu. Esta es la condición sin la cual el trabajo aunque formalmente muy perfecto, todavía no es vivo. El arte litúrgico no puede ser sólo descriptivo, sino que debe ser habitado por el misterio.
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