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El Taller de arte
Arte litúrgico
Entre oriente y occidente
Arte de la comunión
Figuras y trasfondos
Colores y materiales

 
Las figuras y los trasfondos

Las figuras

Teniendo en cuenta el lenguaje de las épocas fuertes del arte litúrgico cristiano, como el prerrománico, el románico, la primera época bizantino, el Taller trata de recuperar en las representaciones la máxima simplicidad. La regla de arte antiguo en la que se basaba la investigación de la estética, es decir, de la perfección artística, de la belleza, era la teología y los misterios de la fe que se nos hacen presentes en la liturgia. Una representación y una composición artística eran consideras hermosas si estaban impregnadas de la revelación y de la comunicación de los misterios de la fe. Por esta razón, en la elaboración de las imágenes, se debe buscar lo esencial, respetando, sin embargo, la imagen real como se presenta visualmente al hombre en la vida cotidiana. Así no se nos distrae con los detalles y las decoraciones sólo formales. Concentrando la atención en lo esencial de la imagen, se ayuda a la comunicación del contenido, que, de esta manera, no sólo se comunica, sino que se hace más explícitamente presente. En efecto, este es el objetivo principal del arte litúrgico, que no es ante todo un arte narrativo, sino un arte que sirve a la presencia del misterio.
Esta actitud se basa en el hecho de que el cristianismo es una afirmación de la realidad y del mundo por el valor que da a la historia y a la articulación concreta de la vida humana, asumida por el Verbo con su hacerse hombre. En el arte litúrgico, además, el mundo es transfigurado ulteriormente liberando la imagen de todo lo que podría distraer la atención de quien participa en los misterios divinos, de todo lo que no se relaciona directamente con el mensaje que se trata de comunicar. Se afirma así la prioridad de la comunicación espiritual, teológica, para crear las condiciones de una participación más plena en la liturgia. De esta manera se llega a esa sencillez que permite que el gesto y la figura comuniquen su mensaje con fuerza y energía. La simplicidad ayuda a la concentración y se convierte en una especie de pedagogía para la comprensión de los misterios. El gesto se hace limpio, básico, y por ello muestra con mayor fuerza lo que quiere indicar. Así, para el espectador, este arte se convierte también en una purificación de los sentidos, hace que los sentimientos sean sobrios y purifica la mente, porque tiene en cuenta una comprensión espiritual basada en el dogma. Entonces enseña a pensar teniendo en cuenta el pensamiento divino. Las figuras deben indicar una realidad tal como Dios la ve. La revelación, la tradición de la Iglesia, su memoria son el ámbito en el que se forma, elabora y crea la simplicidad y la esencialidad de las figuras del arte litúrgico. Las figuras, las imágenes son entonces comunicación del contenido de la fe. Dicen la doctrina, el dogma, desvelan la teología.

Los trasfondos

Los espacios decorativos, es decir, los que existen entre las figuras o de fondo, no quieren representar significados precisos, sino que tienen otra función, en cierto sentido, más delicada.
La función de los espacios entre sí es entonces crear ese estado necesario en el corazón para que podamos captar estas palabras que nos comunican las figuras. El ojo no se cansa nunca porque se buscará siempre algo y siempre será atraído por algo. Los espacios no tienen la función de «ocupar» el ojo, de robar la atención. Y mientras uno se desliza con la mirada sobre estos espacios, se crea en él un clima, un estado de ánimo hermoso, bueno, disponible, se crea una disposición que le hace capaz de entender y acoger el discurso, la figura. Los flujos de la materia, de luz, de colores, de sol, de piedras sirven para crear un ambiente, para crear un estado de ánimo, algo hermoso para la vista, algo que gusta ver. Si estos espacios son verdaderamente armonía, es decir, concordia de los diversos elementos, actúan sobre el hombre como algo vivo, porque las cosas unidas son siempre expresión de una realidad viva. La concordia y la armonía son expresión del amor, porque sólo el amor es capaz de crear la comunión de los diversos.
Esto es hoy muy importante, porque la Iglesia, tal vez, se ha dejado influir demasiado por el racionalismo. Hacemos sermones, discursos, lecciones y no nos fijamos en que la gente tenga una disposición adecuada para aceptar estos discursos. Por eso, los discursos a menudo permanecen vanos. Más aún, a menudo suscitan dialéctica, rebelión, oposición, o un sentimentalismo que igual que se adhiere enseguida, del mismo modo fracasa enseguida.
Para entender la importancia que tienen estos espacios vacíos, pongamos un ejemplo. Para que se pueda de modo adecuado la crucifixión con toda la tragedia que comporta, hay que estar «dispuestos» De lo contrario, esta no dice nada. Además, se necesita un cierto tiempo, hay que deslizar la mirada de un lado a otro, dejar que se suscite algo en uno, no filtrar todo racionalmente. No debemos imponer a nuestro cerebro lo que queremos ver. Más bien, debemos dejar que las cosas hablen y entonces seremos capaces de leerlas. De esta manera, los espacios, los fondos abstractos de los mosaicos son el trasfondo adecuado para el discurso, el contenido proporcionado por las figuras. Aprendemos de Cristo a crear un escenario que ayude a entender: cuando Él hizo un importante discurso a los discípulos subió a una montaña, o fue en una barca, o se alejó de la orilla, para que todos lo vieran. Esto nos dice que también el escenario, el fondo, lo no-figurativo es importante para entender no sólo narración figurativa, sino la liturgia, los gestos, las palabras en las que se participa.

 

 

 

 

   
   
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