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La Sala Capitular de la Catedral de Santa María la Real de la Almudena
Calle Bailen 8 – Madrid, España

Pared de la Anunciación
En la pared opuesta, es decir, en el lado del Espíritu Santo, vemos la Anunciación, misterio de la acogida total de la Palabra de Dios por parte de María de Nazaret. Es la escena más importante de la pared de la dimensión pneumatológica del amor. El ángel despliega el rollo del Logos, de la Palabra, y María abre sus manos, acogiendo a Dios que viene. La Palabra atraviesa el cuerpo de María porque, de hecho, atravesando su corporalidad fue como asumió el cuerpo. Esta escena de la Anunciación va unida a la escena de las bodas de Caná de Galilea.

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Pared de la Anunciación
Sala capitular de la Catedral de Santa Maria la Real de la Almudena

Madrid - España

Octubre 2006


Como María acogió a Jesús y fue obediente a él, entonces puede decir al siervo de las bodas de Caná: «Haz lo que te diga», porque fue la primera que así lo hizo. Hay una significativa unidad entre estas dos escenas: la Madre de Dios está aquí disponible para hacer lo que el ángel le diga al tiempo que dice al siervo que esté disponible para hacer lo que Cristo le diga. Actuando de este modo, el siervo de las bodas de Caná camina sobre la Palabra de Dios que, en la obediencia del siervo, se convierte precisamente en lámpara para sus pasos (Sal 118,105).

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Anunciación
Sala capitular de la Catedral de Santa Maria la Real de la Almudena

Madrid - España

Octubre 2006


Según el cómputo de los acontecimientos de los que habla Juan, el episodio de las bodas de Caná de Galilea representado aquí tiene lugar en el sexto día. Es interesante subrayar que el sexto día simbólicamente corresponde al día de la creación del hombre y al de la muerte de Cristo, que es el nacimiento del hombre redimido, del hombre nuevo, libre del pecado.
La relación entre el hombre y Dios se compara con la relación entre los esposos. Falta el amor entre el hombre y Dios. Los esposos están tristes porque, de hecho, no tienen amor. ¿Por qué casarse si no hay amor? Para sanar esta situación viene Cristo, y con su Pascua instaura una nueva Alianza entre el hombre y Dios, alianza de un amor inquebrantable.
A través de los textos sapienciales del Antiguo Testamento sabemos que cuando María dice «No tienen vino», prácticamente dice: «No tienen amor», se ha acabado una religión porque se ha reducido sólo a preceptos y decretos. Ya Orígenes veía este final en las tinajas de piedra, símbolo de la ley de Moisés, que ya se han secado.
El siervo se encuentra con sus pasos dentro del rollo de la Palabra y lleva la copa del vino nuevo, es decir, la copa del amor de Dios a los esposos. Cristo aparece como el nuevo Esposo de la humanidad, y con esto se abre todo un rico capítulo de la teología y de la espiritualidad esponsal inaugurada por san Pablo, que compara la fidelidad de Cristo a la Iglesia con la relación entre esposo y esposa. La mesa de los esposos tiene forma de un gran vaso que se vuelca, derramando así la vida sobre la escena de la Resurrección.

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Las bodas de Caná.
Los esposos tristes sentados a la mesa con Cristo. Junto a Él un servo.

Sala capitular de la Catedral de Santa Maria la Real de la Almudena

Madrid - España

Octubre 2006


El ángel señala las vendas colocadas precisamente como son descritas en el evangelio de Juan. Estas vendas se han «desinflado» porque el cuerpo se ha ido, ha desaparecido, y el sudario ha quedado plegado.

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El ángel y las vendas «desinflado»
Sala capitular de la Catedral de Santa Maria la Real de la Almudena

Madrid - España

Octubre 2006


Continúa la huella de la teología esponsal en la figura de María Magdalena que, con un fuerte amor, busca a su Amado, el Señor, que la ha perdonado y la ha regenerado. Ella ya ha resucitado, pero no logra entender todavía quién la ha hecho resucitar. Cristo también ha resucitado, y el ángel indica a la mujer las vendas en la tumba vacía, llena de luz, mientras le dice que es inútil que busque entre los muertos al que vive. Cuando reconoce a Cristo, María Magdalena lo quiere retener, pues, como todo amor en sus primeros tiempos, experimenta una fuerza y voluntad posesiva que le hacen desear la continua presencia del amado. Ella se quita el velo para recordar el Cantar de los Cantares: «Palomas son tus ojos a través de tu velo» (Ct 4,1); «Tus mejillas, como gajos de granada a través de tu velo» (Ct 6, 7).
Pero Cristo dice: «No me retengas», porque el verdadero amor debe pasar por la muerte de sí mismo y no poseer, sino afirmar al otro. Ella lo agarra por el manto, que es totalmente de oro y que ya en el Antiguo Testamento era símbolo de la gloria de Dios, pero Él se lo recoge, porque la gloria de Dios es el hombre que vive pero que debe renunciar al amor propio. Cristo se encamina hacia donde señala su mano, es decir, al Padre. Aunque ya haya resucitado porque Dios le ha perdonado todo y es una mujer nueva, Magdalena, para vivir verdaderamente la vida verdadera, todavía debe superar su amor posesivo, ese amor que es sólo el comienzo del amor. Este amor, para ser verdaderamente maduro, debe llegar a la forma y medida de la Pascua, donde ya no se retiene nada para uno mismo. Cristo, elegantemente, se sujeta el manto, todo en oro, porque es el manto de la gloria de Dios.

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Encuentro del resucitado con María Magdalena
Sala capitular de la Catedral de Santa Maria la Real de la Almudena

Madrid - España

Octubre 2006


Pared del Cordero
Con la Ascensión, Cristo vuelve al Padre, donde vive la eterna Pascua de la liturgia celeste descrita en el Apocalipsis (capítulo 22). De dicho libro se ha tomado la imagen del Cordero sobre el trono; debajo de él está el libro. El Cordero es la imagen del Cristo Pascual que se adhiere al Padre en una alianza absoluta, en una doxología perenne. Junto al trono están Juan Bautista y la Madre de Dios. Ella, porque lo ha dado a luz; él, porque ha hecho que lo reconocieran en el mundo. Juan sostiene la profecía en sus manos y María lleva sobre su pecho al Hijo, que no es ya la imagen de un niño, sino un hombre maduro que encarna esa medida del hombre interior al que todos somos llamados: Cristo, Señor y Salvador. El Cordero sobre el trono, que es la Palabra, el libro, representa también a Cristo, pero como Alfa y Omega, como la gloria del Padre.
Estamos en el nuevo Edén, en el Paraíso, donde —recuérdese que precisamente estamos frente a la pared de la Transfiguración— se ve a la humanidad transfigurada, la comunión, la Iglesia del cielo.

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Pared del Cordero
Sala capitular de la Catedral de Santa Maria la Real de la Almudena

Madrid - España

Octubre 2006


A derecha e izquierda del Cordero hemos representado, como principio de multitudes, a algunos santos de Madrid. Los rostros están hechos según la antigua tradición de la Iglesia, es decir, cada rostro debe tener tres dimensiones: una que lo asemeja a otro santo, una que lo asemeja a Cristo y una que recuerda un rasgo personal. Los santos eran llamados «los semejantes», y la Madre de Dios «la semejantísima». Los santos poseen algún rasgo del retrato de Cristo. Todas las mujeres se parecen a María, la Madre de Dios, pero cada una tiene un rasgo propio que hace que se la pueda reconocer. Todos están vestidos de blanco porque se encuentran frente a la Transfiguración y «han lavado sus vestidos en la sangre del Codero», un Cordero al que Juan señaló como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
A la izquierda está san Isidro, patrono de la ciudad, labrador del siglo XI, con su mujer, santa María de la Cabeza.
Al lado de cada santo está escrito su nombre, pero no es visible de modo inmediato, sino que debe ser buscado entre el tejido de las piedras, de manera que la lectura sea «activa» y esto ayude a no olvidar.

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Parte derecha de la pared del Cordero
Sala capitular de la Catedral de Santa Maria la Real de la Almudena

Madrid - España

Octubre 2006


Todas las paredes son atravesadas por dos ríos: uno que brota del Trono del Cordero y otro de los pies del Trono. Uno llega a los pies del Cristo de la Transfiguración y el otro fluye por encima de los muertos de la visión de Ezequiel y desaparece en el cielo. Hay una espiral que recorre la capilla. Este río representa la liturgia: en el Trono se hace la síntesis de la pascua hebrea y de la cristiana y allí Cristo vive la eterna liturgia con el Padre. Se trata del mismo río que brota de las inescrutables profundidades de la Santísima Trinidad y que simboliza la liturgia eterna del amor de Dios. Después de la resurrección, el mismo Cristo vive la liturgia celeste, que se despliega ante nosotros en la liturgia de la Iglesia, porque nosotros somos el Cuerpo de Cristo. En la liturgia «realizamos este río» representado aquí y vivimos esta eterna comunión trinitaria. Toda la sabiduría para la vida del hombre consiste en saber morir para resucitar, saber morir para encontrar la vida que permanece… y éste es el misterio del que nosotros bebemos en la liturgia.
En la liturgia, dejamos atrás el tiempo consecuencial, el «cronos», y entramos en ese octavo día en que ya no hay causas ni consecuencias, sino que se da la sincronía y la toda-unidad. De hecho, en un cierto momento de la liturgia, al comienzo del prefacio, el sacerdote dice: «Levantemos el corazón», a lo que nosotros respondemos: «Lo tenemos levantado hacia el Señor». Luego decimos por qué damos gracias y nuestras voces se unen a las de los ángeles y los santos, y cantamos juntos: «Santo, santo, santo...». En este momento entramos en sintonía con los coros celestiales, con los ángeles y los santos para proclamar la supremacía de Dios y glorificar su amor.

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María orante
Sala capitular de la Catedral de Santa Maria la Real de la Almudena

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Octubre 2006


A continuación, el sacerdote entra en la Pascua, nos hace pasar la Pascua, y mediante la Pascua cruzamos al séptimo día, es decir, superamos el «cronos» (el tiempo ritmado por el hoy, el mañana, el pasado mañana... el tiempo de la lógica consecutiva). Tras presenciar la Pascua, vivida una vez para siempre, al final, el sacerdote que nos ha introducido en el octavo día dice: «Por Cristo, con Él y Él, a Ti, Dios Padre omnipotente, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos» y todo el Pueblo responde «Amén» en perfecta armonía con todo el cielo: con los ángeles, con los santos, con la Virgen, con san Juan Bautista, con los mártires, con nuestros difuntos... porque allí estamos en el octavo día, donde los tiempos y los espacios de la asamblea que celebra se han ampliado hasta englobar a todos los salvados de todos los tiempos y lugares.
Esta es verdaderamente una comunión basada en el amor de Dios. Nosotros participamos en ello mediante la liturgia que nos hace entrar en esta comunión.
A través de este río que atraviesa todas las paredes, la Iglesia, con su liturgia, nos abre posibilidades reales de participar en este amor eterno, dramático y gozoso, que nos hace superar los determinismos de la historia, del cosmos y de nuestra misma naturaleza, a la vez que nos hace participar en la vida que no tiene ocaso.
Este misterio viene indicado también con las cuatro frases:
«Aγάπη-Κένωσις» (amor-sacrificio),
«Sic enim dilexit Deus mundum ut Filium suum unigenitum daret» (Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Unigénito); y en el otro lado,
«Aγάπη-Παράκλησις» (amor-consolación),
«...in Spiritum Sanctum, Dominum et vivificantem» (en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida).

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San Isidro ty su esposa, santa María de la Cabeza
Sala capitular de la Catedral de Santa Maria la Real de la Almudena

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Octubre 2006


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