María está en la posición en la que antiguamente, incluso en las catacumbas, se representaban las figuras orantes. Expresa toda la tensión relacional del hombre como ser creado por Dios y, por lo tanto, orientado a Él. Es la actitud y la posición de la Santa Sofía, la divina Sabiduría, en Kiev. Por lo tanto, existe una profunda conexión entre las dos imágenes. El Sofía ha sido siempre entendida como unidad entre el mundo divino y el mundo creado. La Virgen es, de hecho, el lugar de este encuentro. En ella el Verbo se hizo hombre. Y la oración misma se debe comprender en esta realidad dialógica divino-humana. La oración, en efecto, es cristológica, se eleva al Padre por medio de Cristo. María tiene las manos en la misma actitud del Hijo; su posición está determinada por Él. Nosotros somos orantes en la medida en que el Espíritu nos conforma a Cristo. Nuestra oración, realizada en el nombre de Jesús, es una participación en la oración de Cristo. Él mismo ora en nosotros, y de este modo somos atraídos al diálogo entre Él y el Padre. La oración de María es toda en Cristo y por Cristo, y por lo tanto, sin duda, escuchada. Por este motivo los cristianos recurren siempre a la oración de la Madre de Dios en cualquier necesidad o tribulación.
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Todo el universo se hace pequeño ante la figura de la Virgen, que ya es imagen del nuevo mundo, que lleva en sí a Cristo y es transfigurado conforme a Él. Por eso una oración bizantina dice que María es más grande que los cielos, porque llevó en el seno a Quien los cielos no podían contener.
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