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Capilla del Centro Aletti en Roma
Via Paolina, 25 – 00184 Roma, Italia

La pequeña capilla del Centro, reestructurada en el año 2003 en forma de elipse, gira en torno a dos polos: el ambón y el altar. En efecto, en torno a la Palabra y a la Eucaristía se reúne y recoge la comunidad cristiana, tal como se llo preveía la estructura de las iglesias del primer milenio.
Altar y ambón están «unidos» por una elipse en el suelo. En el interior hay una cruz de oro, el color de la santidad de Dios, que parece solaparse con una cruz roja, no muy definida, que evoca la sangre, la cruz de la pasión y de la muerte, como para recordarnos que la resurrección sólo viene después de la pasión y la muerte. También hay «heridas», en oro y rojo, que recuerdan las heridas del costado de Cristo.
En esta elipse se encuentra también un trozo de tela: es el lino del que estaban hechas las vendas con las que se envolvía a los bebés, pero también a los muertos. De nuevo un entretejido de muerte y vida.
Si se presta atención se barrunta también algo escrito, no muy descifrable. Se trata del «Gloria al Padre», escrito en esloveno, por encima del cual se han dado algunas capas de pintura y por último de resina, de modo que esta parte del suelo parezca recubierta por una lámina de vidrio. Entre ambón y altar, no se puede decir otra cosa que «Gloria al Padre»

Elipse en el centro del pavimento che une el altar con el ambón
Capilla del Centro Aletti en Roma

Roma - Italia

Junio 2003

Detrás del altar un rostro de Cristo, obra del P. Rupnik.
El Pantocrátor, el Omnipotente, «Aquel que sostiene todo en su mano» es la representación que se encuentra en el primer ábside de las basílicas, construidas por los cristianos cuando fueron libres para profesar su fe públicamente. Cristo, representado así, era la imagen de la victoria, como si los cristianos quisieran decir a los paganos: Aquel a quien crucificasteis e humillasteis hasta la muerte ha subido al trono del mundo para testimoniar que «suyo es el reino, el su poder y la gloria por siempre». En griego Cristo se dice Erchomenos, El que viene, Aquel que ya está viniendo en el devenir de la historia.
El Hijo, en el esplendor rojo de su divinidad, está recubierto por el color azul de la humanidad. Se abaja, se humaniza en su Iglesia, pero sigue siendo el Omnipotente. Con una mirada fuerte, pero compasiva, tiene rostro de hombre. Por eso, en Él se hace visible el Padre, ese Dios al que nadie ha visto jamás (cf. Jn 1,18).
La herida en el costado de Cristo es blanca, transfigurada. Si la herida en Cristo crucificado es el signo del pecado de la humanidad, en Él resucitado las heridas ya no son rojas de sangre, sino que ahora están transfiguradas por el amor, hechas blancas, porque el amor es más fuerte que el pecado.
También se ve una cruz: desde la perspectiva de Cristo está detrás de él, pero desde la nuestra está delante. Nosotros los hombres, de hecho, vemos la muerte frente a nosotros, mientras que para Cristo la muerte ya ha sido superada y le queda detrás. Esta actitud humana de preocupación por lo que tenemos por delante nos recuerda la pregunta que las mujeres se hacían yendo a la tumba de Cristo: «¿Quién nos removerá la piedra a la entrada de la tumba?». Pero el evangelista continúa diciendo: «Pero al mirar, vieron que la piedra había sido corrida aunque era muy grande» (Mc 16, 3-4). Así es para nosotros a muerte.
En la pintura hay un «cuadro», cubierta por una cortina roja en la que destaca la cruz oriental. El misterio de la vida se encuentra en Cristo y en su cruz, donde no se pierde nada de lo que es vivido en el amor.

Cristo Misericordioso che conoce bien el padecer
Capilla del Centro Aletti en Roma

Roma - Italia

Junio 2003


Las paredes de la capilla están recubiertas por mosaicos del Taller, pero casi con ausencia de figuras. De hecho, en este espacio hay una sola figura hecha en mosaico, la del arcángel Rafael, que está junto a la puerta, mientras que con una mano sostiene el globo del mundo y con la otra hace un gesto de bendición: estamos en manos del ángel que protege y bendice a quien entra o sale.

Pared de la derecha, parte con el arcángel Rafael
Capilla del Centro Aletti en Roma

Roma - Italia

Junio 2003

Es importante destacar la importancia del «movimiento» en el arte del Taller del Centro Aletti. La vida de la materia se percibe especialmente en el movimiento, que traqza la orientación, la meta a la que se tiende. Ma materia no es una realidad muerta, sino que contiene una energía que el mosaico trata de poner de relieve. Y el material utilizado es de diferente tipo: hay simples piedras de río, travertino, esmaltes y oro precioso. Cada tesela encuentra su espacio y se armoniza bien en el conjunto.

En el mosaico, de hecho, los espacios entre las figuras deben ser cuidados con la misma atención y fuerza creativa que las mismas figuras. Las figuras son como palabras, como los discursos. La tarea de los espacios que las rodean es entonces la de crear el estado necesario en el corazón para que podamos acoger estas palabras. La mirada se desliza sobre los colores, sobre las piedras, y en el alma nace un eco de belleza. Y la belleza, porque es el amor realizado, es quizás la única capaz de crear la actitud adecuada para escuchar y comprender.
En la pared, a la derecha del altar, hay un icono de la Madre de Dios, también recuerdo de la señora Aletti, la mayor benefactora del Centro, que era la propietaria del icono.

Pared de la izquierda con el icono de la Madre de Dios y el bajorrelieve de Edith Stein
Capilla del Centro Aletti en Roma

Roma - Italia

Junio 2003

 

Pared de la izquierda: detalle
Capilla del Centro Aletti en Roma

Roma - Italia

Junio 2003

 

Pared de la izquierda: detalle
Capilla del Centro Aletti en Roma

Roma - Italia

Junio 2003


En la misma pared hay también un bajorrelieve de Edith Stein (nacida en el año 1891, muerta en el año 1942, canonizada el 11 de octubre de 1998 y proclamada por el Papa Juan Pablo II como patrona de Europa junto con Santa Catalina de Siena y Santa Brígida de Suecia), otra figura a la que el el Centro Aletti está especialmente vinculado. El bajorrelieve está grabado en una piedra, colocada en medio de otras piedras, para recordar que la Iglesia está hecha de piedras vivas (cf. 1Pe 2, 4-5). La santa carmelita es para el Centro la imagen de la verdadera contemplación, que es una inteligencia que madura hasta el amor y logra ver el bien en el mal.

 

   
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