La inspiración de este mosaico partió de beata Marija Petkovic, que fue enterrado en este lugar. Las hermanas, en efecto, querían tener su propia memoria, un lugar que hiciera recordar y las ayudara así en la vida espiritual y apostólica.
El mosaico se inspira así en una visión que la misma beata Marija explica como la visión de Cristo crucificado, pero regio, cubierto con un manto azul: son los mismos rasgos descritos en el Evangelio de Juan, donde la crucifixión coincide con la manifestación de la gloria de Dios. Cristo, pues, está en el árbol de la cruz que en toda la tradición coincide con el árbol del Edén. Adán pensaba que Dios era un Dios que no daba, un Dios celoso de las cosas, pero ahora que la revelación está completa, Dios se revela como quien no sólo da, sino que se da y revela así su amor loco, entregándose en nuestra las manos. Pero el amor es eterno y por eso el Hijo no se puede pudrir en la tumba. En la misma muerte de Cristo comienza también una especie de exodus de toda la historia desde la tumba hacia el Padre.
Esta es la razón por la que Cristo en la cruz tiene ya un movimiento ascendente, una fuerza espiritual inquebrantable. El costado abierto es nuestro nacimiento, a saber, el de la Iglesia, y la Madre de Dios, que indica la fuente inagotable, es en realidad la imagen de la Iglesia. Por eso, el manto de Cristo en el viento envuelve a la Madre de Dios: la Iglesia se reviste de la gloria de Dios porque es esposa de Cristo.
El Espíritu Santo es este viento que comunica el amor de Dios y nos descubre el significado de la muerte de Cristo.
El color azul es, en toda la tradición, el color de la humanidad.
La beata Marija Petkovic, por lo tanto, con una excepcional intuición espiritual, ve a Cristo con el manto azul que asume sobre sí la humanidad, esta humanidad que en él cobra vida, y por eso es movida por el
Espíritu Santo.
La reliquia de la beata Marija Petkovic, situada detrás del presbiterio, testimonia que ella ahora vive en Cristo.
Ya san Juan de Damasceno decía que el oro, con su luz, indica la santidad y la fidelidad de Dios y que el ángel con el cetro del poder del Dios trino y con la lámpara de luz que nunca se pone testimonia la presencia de Cristo, aquí en concreto del Cristo eucarístico. Marija Petkovic está en este espacio. Todas las piedras, los colores, los oros, están puestos de manera que revelen la vida, el dinamismo y la luz, para crear así un espacio digno de la sagrada liturgia.
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Al salir de la capilla, encontramos a san Francisco que, en un perfecto cristomorfismo, invoca sobre nosotros toda clase de bendiciones espirituales.
Así se sale de la liturgia, justo según la tradición antigua, en compañía de los santos junto con los cuales la Sagrada Eucaristía nos ha reunido y convocado.
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